De niña viví una experiencia que marcó profundamente mi manera de observar el mundo: perdí la visión de mi ojo izquierdo luego que un niño grande me lanzara una piedra, y por supuesto luego atravesé momentos difíciles, incluyendo situaciones de bullying.
En ese proceso hubo una voz que siempre estuvo presente: la de mi madre. Sus palabras se convirtieron en una forma de sostenerme, de reconocer mi valor y de aprender a mirar más allá de lo que estaba ocurriendo.
Eres hermosa.
Eres valiente.
Que nadie te quite tu brillo.
Con los años entendí que no siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos transformar la manera en que lo observamos. Esa experiencia forma parte de la mujer y de la coach que soy hoy.